La Víctima, el Maltratador y la perpetuación del dolor.

La Víctima, el Maltratador y la perpetuación del dolor.

La Víctima, el Maltratador y la perpetuación del dolor.


Todos tenemos unos programas, en su mayoría inconscientes, con los que funcionamos “normalmente”. Estos programas, patrones o guiones nos restan autonomía y nos controlan. A mayor control, la persona se siente más impotente.  Y a mayor grado de impotencia, el individuo no puede pensar, no puede expresarse, no puede disfrutar, dejar de fumar o beber, no puede llorar ni dejar de llorar.

Este sentimiento de impotencia lo podemos sentir permanentemente o en momentos puntuales. En cualquier caso, podemos aprender a observar y distinguir estos patrones para liberarnos de ellos y poder ser nosotros mismos.
Hoy vamos a aprender el triángulo de la Salvación. Como si de un juego se tratara vamos a separarnos de la emoción y, con una actitud correcta, observar sin juicios de valor en que esquina del triángulo me encuentro yo y mis relaciones.

Cada esquina es un rol. Tenemos tres esquinas y tres roles: la Víctima, el Maltratador y el Salvador.


El lenguaje de la Víctima es: “ayúdame, yo no estoy bien  y no tengo  posibilidad de  ayudarme”.

El lenguaje del Salvador encaja perfectamente con el de la Víctima: “ ya voy! Seguro que puedo hacer algo por tí porque tu no tienes posibilidad de ayudarte ni esperanza de que alguien que no sea yo lo haga”.

El lenguaje del Maltratador también dice que tu no estás bien y además añade: Tú tienes la culpa.

En el rol de la Víctima la persona se siente desamparada y avergonzada; en el rol del Salvador, se siente culpable; en el rol del Maltratador, se siente enfadado. Estos roles son intercanviables y podemos pasar de uno a otro con facilidad. De echo, a los roles les gusta perseguirse unos a otros. Por ejemplo, si el papel de  salvador no me funciona, puedo pasar  al maltratador y enfadarme (“es la última vez que te ayudo”) o adoptar una posición de pena victimista (“con todo lo que yo he hecho por ti…”). Si estoy demasiado tiempo como víctima y nadie me atiende, puedo perseguir al salvador por su ineficiencia y convertirme en maltratador (“estás totalmente equivocado!”).

Normalmente me sentiré más cómodo en una de las esquinas del triangulo que en otra. Ésta será mi tendencia o forma de chantaje.
Es decir, la víctima chantajea con la pena porque se ha creído que no tiene fuerza. El Salvador chantajea con la manipulación emocional de necesitar ser necesitado.  Y el Maltratador chantajea con el miedo.

Nunca me sentiré del todo bien en el triangulo. Sea cual sea mi esquina es patológica y frustrante. Es una actitud inconsciente que no me permite ser libre.
El Maltratador humilla. El Salvador cede y se olvida de sí mismo. La Víctima se doblega a las órdenes del Maltratador o a la “ayuda” del Salvador. Y por si faltara poco, el chantaje puede ocurrir a la inversa; la Víctima manipula al Salvador para que acabe haciéndolo todo para ella. El Salvador anula al Maltratador haciendo todas las tareas en su lugar. El Maltratador manipula al Salvador haciéndose pasar por un incomprendido víctima de la sociedad.




Y es que:
Los victimistas buscan seguridad, y se ocultan tras el temor.

Los salvadores buscan la aprobación, y se apoyan en el sacrificio.

Los maltratadores buscan el control, y lo refuerzan con su ira.

Para hacer justicia al rol del maltratador, tenemos que decir que en los otros roles también existe un uso inadecuado de la ira. Ya no por exceso, si no por negación en el caso de la víctima y por represión y ocultación en el caso del salvador.

Si ahora hacemos una pequeña pausa y observamos nuestro entorno, veremos que en casi todas las familias encontramos este triángulo de no-igualdad. El niño es la víctima que está siendo maltratada y perseguida, mantenida impotente y luego salvada puesto que le hacen todas aquellas cosas que él mismo podría hacer. Por ejemplo, un niño de siete años, si se le deja solo un día de colegio, podría aprender a hacerse la cama, el desayuno, su maleta, fregar los platos…. Si vuelve a casa y no hay nadie podría buscar el teléfono de su madre y llamarla para saber dónde está, calentarse la comida…. En la mayoría de los casos a un niño de siete años no se le permite hacer todo ésto. Buscamos justificaciones tales como: es muy pequeño, no sabe hacerlo bien, pobrecito, ya tendrá tiempo cuando sea grande… y así se le prohíbe utilizar sus poderes libre y plenamente y el niño, inexorablemente, se coloca en el rol de la Víctima.

El Triángulo de Salvación en la familia nuclear.

Vamos a ver con más detenimiento el funcionamiento del triángulo en la familia, ya que aquí tenemos el pulso de nuestras relaciones futuras.

El padre (o quien represente la figura de autoridad) es el Maltratador, la madre (o quien represente la figura nutricia) es el Salvador, y los niños, las Víctimas. Como vimos anteriormente, los roles pueden intercambiarse y el padre se convierte en Víctima de la madre cuando ésta le persigue enfadada por haber hecho “daño” a sus hijos y, luego la madre se convierte en la Víctima de sus hijos cuando se aprovechan de su bondad y permisividad. También es posible que los hijos se conviertan en Salvador de su madre cuando el padre intente golpearla o grite, etc.

Cada familia crece con un grado diferente de doctrinación. A mayor opresión, disciplina y obediencia ciega mayor impotencia y resentimiento acumulado.
Es importante recalcar la necesidad de mantener un equilibrio entre disciplinar sin anular y obedecer en coherencia con la situación.

Lo que ocurre es que ese equilibrio no siempre está presente y la impotencia que genera el triángulo de Salvación, en mayor o menor medida, surge para hacernos pensar que no es posible cambiar el mundo o que todo el mundo es egoista y malo. Nos hace crecer dóciles, manejables y sin poder de elección.

A los hijos que están resentidos por las salvaciones de sus padres, a menudo les gusta cometer actos ilegales como forma de venganza contra ellos. Los hijos consiguen así que sus padres se sientan culpables. Otra forma más común de hijos resentidos ocurre cuando los padres divorciados, por sentirse malos padres, dejan de exigir a sus hijos y los sobreprotegen. O cuando los padres ponen todas sus esperanzas en que sus hijos tengan excelentes expedientes académicos y ya no les “piden” nada más…

A nadie le gusta estar en el rol inferior. Así que cuando el niño aprende el triángulo de salvación y deja de ser niño, está deseoso de ponerlo a la práctica con el resto de sus relaciones y jugar a perseguir.

Qué hacer para salir del Triángulo de Salvación.

Primer paso, observar y si estamos en el triángulo, no jugar. Así de sencillo.

Hay una diferencia entre la Víctima y la víctima, el Salvador y el salvador. Si mi casa está ardiendo y vienen los bomberos, evidentemente que no se quedaran mirando el fuego. Yo seré la víctima (verdadera) rescatada por mi salvador. La víctima real, verdadera no perpetua la situación, lucha de alguna forma y agradece al salvador su acción. La Víctima, por el contrario, se recrea en su dolor, impotente y persigue al Salvador.

Por otro lado, el salvador espera conseguir lo que se propone, mientras que el Salvador, desde casi el primer momento espera fracasar (y lo consigue).
No importa que nos sintamos débiles, siempre es bueno oír que podemos con la situación, que tenemos recursos y que la persona que nos pide permiso para ayudarnos (recalco pide permiso) cree en nosotros. Para liberarnos de la posición de Víctima tenemos la posibilidad de pedir que no nos Salven y que el Salvador sea sincero, que no haga algo que realmente no quiere hacer.

Intuitivamente podemos llegar a la conclusión que cualquiera que salve a una persona que no se ayuda a sí misma, se enfadará con ella. Cuando una persona en posición de Víctima es Salvada por otra se da perfecta cuenta de que está en inferioridad y de que el Salvador perpetua esta situación. Por lo tanto, mientras exista Salvador-Víctima, se producirá siempre Maltratador-Víctima y se perpetuará el dolor indefinidamente.

Segundo paso, reconozco que estoy en el triángulo e identifico mi esquina. Ya no juego, se cual es mi rol y observo mis sentimientos.

La Víctima necesitará conectar con el amor hacia sí misma y con aquello que cree que no tiene, la fuerza para responsabilizarse de su vida.

El Salvador necesitará conectar con su enfado y ser asertivo. No alimentar la culpa de no ayudar, pedir permiso para ayudar y dar a conocer a los otros sus necesidades.

El Maltratador necesitará gestionar su ira y conectar con su parte más vulnerable y sensible para ampliar su tolerancia.

Tercer paso, no reacciono de forma automática. Respiro profundamente dos o tres veces para darme tiempo a resolver de forma creativa la situación.

No es importante hacerlo bien o muy bien en todas las situaciones y momentos. Lo importante es intentarlo y darse la posibilidad de equivocarse, porque cuántas veces nos hemos caído antes de aprender a caminar…

Esta entrada tiene 5 comentarios

  1. Anónimo

    Un gran artículo,claro, interesante y muy bien escrito.
    Felicidades!!! C.

  2. Eric

    Pues yo, si veo a alguien en apuros no puedo evitar ayudarlo, sobre todo si es chica y haciendolo soy muy feliz. ¿Esto es destructivo?

  3. Eric

    Pues yo, si veo a alguien en apuros no puedo evitar ayudarlo, sobre todo si es chica y haciendolo soy muy feliz. ¿Esto es destructivo?

  4. Siempre es mejor preguntar primero si necesita ayuda, sea chica o chico, porque si no tus intenciones son otras diferentes a las de "ayuda desinteresada por el bien de la otra persona".

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